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EE. UU. presiona a Europa para rebajar sus leyes de sostenibilidad empresarial

La presión de Estados Unidos sobre la legislación europea de sostenibilidad empresarial aumenta. Washington reclama nuevas excepciones para sus compañías mientras Bruselas defiende su autonomía regulatoria.

La batalla comercial entre Estados Unidos y la Unión Europea está entrando en un nuevo terreno: el de la legislación sobre sostenibilidad empresarial.

Washington ha aumentado durante las últimas semanas la presión sobre Bruselas para que reduzca el alcance de algunas de las normas europeas que obligan a las grandes compañías a informar sobre sus impactos ambientales y sociales y a identificar riesgos relacionados con los derechos humanos y el medio ambiente en sus cadenas de suministro.

El debate afecta especialmente a dos piezas fundamentales del marco regulatorio europeo: la Directiva sobre información corporativa de sostenibilidad (CSRD) y la Directiva sobre diligencia debida de las empresas en materia de sostenibilidad (CSDDD).

La cuestión va mucho más allá de una disputa técnica sobre burocracia empresarial. En juego está el modelo que Europa quiere aplicar a la responsabilidad ambiental de las compañías y hasta qué punto esas normas pueden afectar a empresas extranjeras que operan en el mercado europeo.

Washington reclama más concesiones a Bruselas

Estados Unidos considera que determinadas obligaciones europeas tienen un alcance extraterritorial y pueden imponer costes adicionales a empresas estadounidenses.

El embajador estadounidense ante la Unión Europea, Andrew Puzder, ha reclamado a Bruselas que modifique las normas europeas de sostenibilidad y ha señalado que Washington espera que la UE cumpla los compromisos asumidos en materia de barreras comerciales no arancelarias. Reuters informó el 14 de agosto de que Estados Unidos está presionando específicamente para modificar la CSRD y la CSDDD.

Entre las demandas estadounidenses se encuentra limitar el alcance de determinadas obligaciones sobre las compañías de Estados Unidos y evitar que las normas europeas se apliquen de forma amplia a sus actividades fuera del territorio comunitario.

La presión también se extiende a otras medidas ambientales europeas, entre ellas el Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono (CBAM), una de las herramientas mediante las cuales la UE pretende evitar que las importaciones procedentes de países con menores exigencias climáticas generen una desventaja competitiva para los productores europeos.

Europa ya ha reducido parte de sus exigencias

La presión estadounidense llega, sin embargo, después de que la propia Unión Europea haya emprendido una importante revisión de su legislación de sostenibilidad.

Bruselas aprobó en febrero de 2026 el denominado Omnibus I, un paquete legislativo destinado a simplificar las obligaciones de información y diligencia debida empresarial y reducir la carga administrativa para las compañías. El Consejo de la UE confirmó la aprobación definitiva de la reforma el 24 de febrero.

La nueva legislación modifica el alcance de la CSRD y de la CSDDD y pretende limitar el llamado «efecto cascada» por el que las obligaciones de las grandes empresas terminaban repercutiendo también sobre compañías más pequeñas integradas en sus cadenas de suministro.

La Comisión Europea calcula que las medidas de simplificación relacionadas con la información sobre sostenibilidad, la diligencia debida y otras normas pueden generar un ahorro de costes administrativos de alrededor de 4.500 millones de euros al año.

Por tanto, el debate actual no parte de una legislación europea intacta. El marco ya ha sido significativamente reducido respecto a las propuestas iniciales.

¿Qué son la CSRD y la CSDDD?

La CSRD establece las reglas mediante las cuales determinadas empresas deben informar sobre cuestiones relacionadas con la sostenibilidad, incluyendo aspectos ambientales, sociales y de gobernanza.

Su objetivo es mejorar la transparencia y permitir que inversores, consumidores y otros grupos de interés puedan conocer mejor los impactos y riesgos relacionados con la actividad empresarial.

La CSDDD, por su parte, se centra en la diligencia debida. Su finalidad es que las grandes empresas identifiquen, prevengan, mitiguen y aborden determinados impactos negativos sobre los derechos humanos y el medio ambiente relacionados con sus actividades y cadenas de valor. La directiva europea entró originalmente en vigor en julio de 2024 y posteriormente ha sido modificada por la legislación de simplificación aprobada en 2026.

Ambas normas forman parte de la estrategia europea para integrar la sostenibilidad en el funcionamiento habitual de las empresas.

El argumento estadounidense: competitividad y soberanía regulatoria

La posición de Washington se basa principalmente en la preocupación por los costes que estas obligaciones pueden generar para las empresas estadounidenses que operan en Europa.

Estados Unidos sostiene que determinadas exigencias europeas pueden convertirse de facto en barreras comerciales y reclama que las compañías estadounidenses queden protegidas frente a determinados efectos extraterritoriales de la legislación comunitaria.

El argumento conecta con una cuestión más amplia: hasta dónde puede llegar la capacidad de la Unión Europea para establecer reglas que condicionen la actividad de empresas extranjeras cuando estas quieren acceder a su mercado.

Para Bruselas, en cambio, la capacidad de establecer sus propias reglas constituye una cuestión de autonomía regulatoria.

La sostenibilidad europea se encuentra en una encrucijada

La situación refleja uno de los grandes dilemas a los que se enfrenta actualmente la política ambiental europea.

Por un lado, la UE pretende mantener unos estándares elevados en materia de sostenibilidad, protección ambiental, derechos humanos y transparencia empresarial.

Por otro, las instituciones europeas están tratando de reducir la carga burocrática y mejorar la competitividad de las empresas comunitarias frente a Estados Unidos, China y otras economías.

La simplificación aprobada en 2026 es precisamente una respuesta a esa segunda preocupación. El Consejo de la UE ha defendido la reforma como una forma de reducir la carga administrativa y reforzar la competitividad europea sin abandonar los objetivos fundamentales de la política de sostenibilidad.

El problema es encontrar el equilibrio.

Reducir obligaciones puede facilitar el cumplimiento y disminuir costes, especialmente para las empresas que consideran excesivamente complejos los requisitos de información y diligencia debida. Pero una reducción excesiva también podría limitar la capacidad de la legislación para garantizar que los impactos ambientales y sociales queden realmente identificados.

Una disputa que va más allá de Estados Unidos

El enfrentamiento entre Washington y Bruselas tiene además implicaciones para el conjunto del mercado mundial.

La legislación europea de sostenibilidad ha tenido tradicionalmente un efecto que va más allá de las fronteras de la Unión. Las multinacionales que quieren operar en Europa deben adaptarse a determinados estándares comunitarios, lo que puede acabar trasladando esos requisitos a sus proveedores y socios comerciales.

Esto ha convertido a la UE en uno de los principales actores mundiales a la hora de establecer estándares regulatorios relacionados con sostenibilidad.

La pregunta ahora es si Europa continuará utilizando ese poder regulatorio como herramienta para impulsar la transición hacia una economía más sostenible o si la presión por mejorar la competitividad provocará una nueva reducción de sus exigencias.

Europa tendrá que decidir hasta dónde llega la simplificación

La presión estadounidense añade una nueva dimensión a un debate que ya estaba abierto dentro de la propia Unión Europea.

La simplificación de la CSRD y la CSDDD demuestra que Bruselas está dispuesta a revisar sus normas cuando considera que pueden generar una carga excesiva para las empresas. Pero las instituciones europeas también han dejado claro que la autonomía regulatoria no está sobre la mesa de negociación.

El resultado de esta disputa será relevante no solo para las empresas estadounidenses y europeas. También puede determinar la evolución del modelo europeo de sostenibilidad empresarial durante los próximos años.

La cuestión de fondo es sencilla, pero sus consecuencias son enormes: ¿puede Europa reducir la burocracia empresarial sin reducir al mismo tiempo su ambición ambiental?

La respuesta marcará buena parte de la política europea de sostenibilidad de los próximos años.

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